La trata de personas está más cerca de lo que sospechamos. Se esconde detrás de actividades que parecen normales. Puede estar vinculada con talleres clandestinos, comercios ilegales, emprendimientos dudosos, servicios domésticos, locales nocturnos, alojamientos, propuestas de trabajo temporario. La cuestión es aprender a reconocer patrones de control y explotación.
Los reclutadores del crimen organizado suelen presentar oportunidades que parecen imposibles de rechazar. Pueden ofrecer trabajos bien remunerados, viajes, estudios o una salida rápida frente a una dificultad. En ocasiones, el contacto comienza mediante redes sociales, aplicaciones de mensajería o conocidos que inspiran confianza. La manipulación puede ser gradual: primero se gana la confianza de la persona y luego se la separa de sus vínculos, se controlan sus comunicaciones o se le exige pagar una deuda que nunca termina.
También acuden al secuestro a la salida de la escuela, el club o el boliche.
Una especial atención merecen nuestros adolescentes y jóvenes que han quedado con abultadas deudas económicas por haber apostado de manera virtual durante el mundial. Los acreedores o prestamistas les obligan con amenazas a saldar esas deudas por medio de favores sexuales y/o venta de drogas en sus colegios y barrios.
En un mensaje acerca del delito aberrante de la Trata de personas el Papa León XIV en febrero de este año nos advierte que “este fenómeno resulta particularmente perturbador en el auge de la llamada ‘esclavitud cibernética’, mediante la cual las personas son atraídas a esquemas fraudulentos y actividades delictivas, como las estafas en línea y el tráfico de drogas. En estos casos, la víctima es coaccionada a asumir el papel de perpetrador, agravando sus heridas espirituales”.
Combatir la trata es tarea irrenunciable de los Estados, de las Fuerzas de Seguridad y la Justicia. Pero también compromete a las familias, las escuelas, las comunidades religiosas, los medios de comunicación, las empresas, las organizaciones sociales y cada ciudadano. Prevenir implica educar; detectar, acompañar; investigar, proteger; y reparar, sostener a las víctimas durante un proceso que puede ser largo y doloroso.
Cada 23 de setiembre se conmemora el Día Internacional contra la Explotación Sexual y el Tráfico de Mujeres, Niñas y Niños. La fecha rinde homenaje a la sanción en Argentina de la llamada “ley Palacios”, en 1913, primera norma en el mundo que estableció como delito promover o facilitar la prostitución de mujeres y dispuso simultáneamente normas para la protección de las víctimas. Consecuentemente en las misas del tercer domingo de septiembre nos sumamos en la oración.
Esto es importante porque “la sensibilización nos permite identificar los mecanismos ocultos de explotación en nuestros barrios y en los espacios digitales” (León XIV).
En Argentina “lamentablemente también hay varios proyectos de ley para legalizar la maternidad subrogada que proponen un mercado que aprovecha la vulnerabilidad de las mujeres y convierte a los niños en mercancía” (Mensaje de la Comisión Nacional de Justicia y Paz). En lenguaje sencillo, alquiler de vientres y venta de bebés.
León XIV nos exhorta: “Renuevo firmemente la urgente llamada de la Iglesia a afrontar y poner fin a este grave crimen contra la humanidad (…). Dentro de este paradigma resquebrajado, las mujeres y los niños son los más afectados por este comercio atroz. Además, la creciente brecha entre ricos y pobres obliga a muchos a vivir en condiciones precarias, dejándolos expuestos a las promesas engañosas de los reclutadores”.
Debemos revisar nuestras propias prácticas. ¿Consumimos bienes o servicios sin preguntarnos en qué condiciones se producen? ¿Compartimos publicaciones que pueden facilitar el reclutamiento? ¿Conocemos personas que utilizan pornografía? ¿Normalizamos comentarios que convierten a las personas en objetos? ¿Callamos cuando una situación resulta incómoda? Las respuestas a estas preguntas pueden abrir una transformación cotidiana.
La promesa de Dios es “el cielo nuevo y la tierra nueva, donde mora la justicia” (2 Pedro 3, 13). No es una invitación a esperar pasivamente. “La civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente” (MH 186), hecho de decisiones concretas, vínculos responsables y defensa incansable de la dignidad de cada persona.