Cuando un río entra en un embudo parece que el agua corre más rápido. El último domingo de la Cuaresma nos propone un tercer momento del camino catecumenal hacia la Pascua. La liturgia nos invita a contemplar con hondura el relato de la resurrección de Lázaro (Juan 11, 1-45); si podés, leé el texto completo. Las palabras de Jesús ante la muerte (“Yo soy la Resurrección y la Vida”) resuenan como un anuncio de esperanza y una llamada a experimentar la presencia viva de Dios en medio del dolor, las dudas y las ataduras más profundas.
La muerte de Lázaro no es sólo el telón de fondo de un milagro, sino una experiencia que nos interpela en la propia fragilidad. Marta y María lloran la pérdida; Jesús mismo, al ver su dolor, se conmueve y llora la muerte de su amigo tan querido. Dios no es ajeno a nuestro sufrimiento: se hace cercano, lo habita y lo transforma en esperanza. Ante la pregunta humana —¿por qué?—, Jesús responde con la promesa: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá”. Nuestra fe se forja en el crisol del dolor, pero se fortalece en la certeza de una vida nueva que trasciende la muerte.
El grito de Jesús, “¡Lázaro, ven afuera!”, es una orden que resuena hoy para cada uno de nosotros. Todos tenemos “algún lugar de muerte” del cual salir: tumbas de miedo, de pecado, de desesperanza, de desánimo. Permanecer en la oscuridad no es el destino de los hijos de Dios. Jesús también nos llama por el nombre y nos invita a desatarnos de todo lo que nos retiene e inmoviliza. Nos empuja hacia la plenitud de la vida nueva que Él ofrece. La vida de Lázaro se convierte en signo y anticipo de la victoria definitiva sobre la muerte que celebramos en el bautismo.
La confesión de fe de Marta es la respuesta valiente ante el misterio: “Sí, Señor, yo creo…”. La fe no elimina el dolor, pero lo transforma; no borra las preguntas, pero da sentido y horizonte. Además, el testimonio de los que han experimentado la acción de Jesús mueve a otros a creer: la fe es contagiosa, se expande en comunidad. Ser discípulos misioneros implica dejarse acompañar y animar por la fe de quienes nos preceden y nos rodean.
Simultáneamente se nos muestra la creciente crispación de los líderes religiosos que traman la muerte de Jesús, y también la de Lázaro, porque muchos lo ven como un signo de la fe por la amistad con el Maestro.
El culmen del camino catecumenal es el bautismo: morir a la vida vieja y resucitar a la vida nueva en Cristo. Cada Pascua renovamos la alegría de ser cristianos recordando con San Pablo que “nada nos podrá jamás separar del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús” (Romanos 8, 39). El bautismo no es un rito del pasado para iniciarnos en la fe, sino un llamado permanente a dejar las vendas, a salir de nuestras tumbas cotidianas y a vivir como resucitados, testigos de la Vida.
En los últimos domingos de la Cuaresma, los relatos evangélicos nos invitan a un itinerario bautismal: encontrarnos con Jesús, beber el agua viva, dejar que la luz de la fe nos ilumine, atravesar la prueba y el testimonio, y finalmente, abrazar la vida nueva de la resurrección. Tanto catecúmenos como bautizados somos llamados a renovar la alegría, la gratitud y el compromiso de vivir como discípulos misioneros.
El miércoles 25 de marzo cumplo 26 años de obispo. Doy gracias a Dios que me sostiene con su gracia. La Virgen de la Anunciación me siga cuidando con su ternura.
Que este tiempo nos anime a dejarnos renovar por el agua viva del Espíritu, a salir de nuestras sombras y a vivir la alegría pascual de ser hijos e hijas amados de Dios.
¡Jesús es la Resurrección y la Vida!