El carnaval suele estar presentado como un tiempo de alegría y colorido. Aunque se haya ido alejando la costumbre de disfraces de otras décadas, en algunos barrios y provincias se mantienen los corsos populares y costumbres locales. Pero a partir del miércoles, la vida nos invita a hacer una pausa y mirar hacia adentro. Se marca el cierre de un ciclo y la apertura de otro: la Cuaresma. Este tiempo es un regalo, una nueva oportunidad para comenzar desde donde está cada uno y prepararnos, con esperanza y humildad, para la Semana Santa.
Cuaresma es mucho más que una fecha en el calendario. Son cuarenta días que nos invitan a caminar juntos y a crecer espiritualmente, recordando varios acontecimientos en la Historia de nuestra fe. Los cuarenta días del diluvio, los cuarenta años del pueblo de Israel caminando en el desierto hacia la Tierra Prometida, los cuarenta días de ayuno de Jesús también en el desierto. Es tiempo de revisar nuestro corazón y de abrirnos a la posibilidad de una vida renovada, que explota en alegría cada Pascua con Jesús resucitado.
Todos estamos invitados a aprovechar este momento especial para fortalecer nuestra fe y nuestro compromiso con los demás. No se trata solo de rituales o algunas prácticas esporádicas, sino de una actitud de apertura y de búsqueda sincera. Somos invitados a superar el conformismo y la mediocridad que se nos va pegando a veces sin darnos cuenta.
A partir de las enseñanzas de Jesús, la Iglesia nos propone tres caminos concretos para vivir este tiempo: la oración, el ayuno y la limosna. La oración nos acerca a Dios; es el diálogo sincero que nos ayuda a descubrir su presencia en lo cotidiano. El ayuno nos enseña a desprendernos de lo superficial, a valorar lo esencial y a ser solidarios con quienes menos tienen. Y la limosna nos motiva a compartir, a entregar parte de lo que somos y tenemos, para construir una comunidad más fraterna.
El Miércoles de Ceniza es el punto de partida de este camino. Recibir la ceniza es un gesto sencillo pero profundo: nos recuerda que somos frágiles, que nuestra vida es efímera, y que necesitamos de Dios y de los demás para crecer. Es un momento de humildad, de reconocer nuestras limitaciones, y también de confiar en la fuerza que viene de lo alto. El Miércoles de Cenizas, junto con el Viernes Santo, es una jornada de ayuno; si bien toda la Cuaresma tiene un tono penitencial de moderación en el estilo de vida. Es necesario plantearnos esta práctica de acuerdo con la enseñanza de la Palabra de Dios: “este es el ayuno que yo amo… compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne” (Is 58, 6-9). Nos cae como anillo al dedo esta enseñanza del Profeta Isaías.
No se trata, como solemos decir, “yo le ofrezco un sacrificio al Señor”. Si obro así, la privación me sirve solamente a mí; en cambio, si comparto, le sirve también a otros y a Dios le gusta más. Recordemos lo que dijo Jesús “yo quiero misericordia y no sacrificios” (Mateo 9, 13 y Oseas 6, 6).
El ayuno dura solamente un día, sin embargo, la necesidad de solidaridad es permanente. Por eso te propongo que dispongas en tu casa de una caja pequeña o un sobre donde vayas colocando el dinero que lográs ahorrar con tus privaciones, y al final de la Cuaresma acercarlo a quienes se organizan en emprendimientos solidarios.
La Cuaresma es una nueva oportunidad. Nos desafía a dejar atrás lo que no nos permite avanzar y a abrirnos al amor y la alegría de la vida nueva en Jesús. Es tiempo de renovar la fe, de servir con generosidad y de buscar la paz interior. Que este camino nos ayude a llegar a la Pascua con un corazón más pleno, agradecido y dispuesto a celebrar la vida que renace.
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo