La ocasión me lleva a recordar la congregación de miles de junonias, la “Mariposa Pavón”, la de los grandes círculos en las alas, aquella que, sembrada sobre el pasto volaba unos metros con solo dos aleteos y agregaba metal vivo a nuestro paso. Era en febrero y abril, cuando la oruga agraciada por una vida nueva, abandonaba su crisálida y extendía al sol sus flamantes atavíos.
Entonces, el campo era un jardín con aroma a hierba en las mañanas y destellos de alas que, como pétalos que la brisa le arrebata al bálago de pasto, se dejaban caer en la distancia, hasta que, en un inexplicable suceso, el tembloroso batir de escamas se agitaba en un vuelo que llenaba las colinas del cielo y emprendía un rumbo siempre fijo, hacia el norte.
El cielo quedaba perplejo por el aluvión de alitas que, por dos o tres días rompía la barrera de los grandes árboles y edificios si era necesario. Pero, ¿cuál sería la causa de aquellos esporádicos sucesos que todavía nos sorprenden ciertos años? Es que, como las aves en busca de nuevas fronteras, las mariposas también realizan migraciones.
Al igual que nuestras junonias, capaces de cubrir las distancias que separan el litoral, del noroeste argentino o el sur de Bolivia, Paraguay y Brasil, también son conocidos los desplazamientos que efectúan numerosas especies en todo el mundo. Sin embargo, pocas migraciones han alcanzado la trascendencia de la que realiza una especie del hemisferio norte: la Danaus plexippus plexippus.
Todos los años, millones de esas mariposas conocidas como “Monarcas”, después de un viaje de más de cuatro mil kilómetros llegan a México y otras regiones del sur durante el mes de octubre procedentes de Canadá y de Estados Unidos, para reproducirse y retornar al lugar de donde vinieron a mediados de abril. La gente de aquellas latitudes espera la llegada de las miríadas que, además de gozar de protección, tienen asegurada la conservación de santuarios naturales como refugio. Pero, ¿por qué migran las mariposas?
entre las principales se cuentan los cambios de estación, la búsqueda de fuentes de alimentación o sitios de reproducción, la transformación del ecosistema y el cambio climático. Lamentablemente, este último es el desencadenante de alteraciones en la fenología de las biotas vegetales y, por extensión de las mariposas que dependen de estas; pero a la vez, es la causa de los desplazamientos de especies hacia latitudes superiores o zonas más elevadas para contrarrestar los efectos del aumento de la temperatura. No obstante, más allá del origen, la migración de grandes concentraciones de mariposas constituye un hecho aislado, fuera de lo común y siempre es un motivo de asombro y admiración.
El grupo de las Monarcas (Familia Nymphalidae – Subfamilia Danainae) reúne a unas trescientas especies de presencia principalmente indo-australiana que, además de los colores anaranjados y negros clásicos de las especies autóctonas, las hay blancas, pardas y violáceas, siempre con manchas de color negro o blanco. En general son mariposas grandes, pero algunas lo son excepcionalmente, como las del género Idea que pueden alcanzar los veinte centímetros de expansión alar.
Tres son las Monarcas que se pueden avistar en Entre Ríos: Danaus eresimus plexaure, Danaus gilippus gilippus y Danaus plexippus erippus, aunque ninguna de estas mariposas efectúa, al parecer, desplazamientos significativos.
De las tres, Danaus erippus es la más representativa por su abundancia a lo largo del año y su similitud con la especie del hemisferio norte. No obstante, sus desplazamientos anuales son apenas perceptibles –hacia el norte argentino y países limítrofes– y ocurren durante el otoño, en general, como respuesta a descensos sensibles de la temperatura. Por otra parte, no suelen ser migraciones masivas, pues no todos sus integrantes eligen realizarla.
De hecho, esta rústica mariposa presenta variedades de verano e invierno que se diferencian en la intensidad de sus colores y en el tamaño, siendo más oscuras y pequeñas las de invierno, en respuesta a mecanismos de absorción de radiación solar, entre otras causas. Asimismo, las mariposas que eligen afrontar el invierno suelen permanecer en estado de latencia, ocultas entre la vegetación debido a las bajas temperaturas, y solo se las ve volar esporádicamente cuando el sol entibia el aire de un día cualquiera de dicha estación.
Por su parte, Danaus gilippus, que a golpe de vista se puede llegar a confundir con Danaus erippus, se diferencia de esta por sensibles variaciones en el patrón de colores y dibujos de sus alas. Finalmente, es Danaus plexaure quien toma algo de distancia, dado que posee un diseño morfológico menos robusto, una coloración naranja más opaca y patrones de manchas blancas y negras más delicados. Ambas especies son propias de matorrales ribereños, donde se las suele ver en las flores de hierbas o arbustos con exposición al sol, y en general son poco propensas a volar más allá de sus áreas ecológicas.
El cultivo ornamental de Asclepias curassavica o “algodoncillo”, de llamativas flores rojo-amarillas, atrae a las Monarcas en procesión. En el ecosistema natural no existe tal planta, pero sí hay otras especies de la familia apocináceas que conforman el sostén alimenticio de las orugas de estas vistosas mariposas.
Entre dichas plantas se destacan Asclepias mellodora o “yerba de la víbora”, una herbácea poco difundida en la jardinería hogareña, pero que suele crecer en abundancia en humedales y dunas; algunas enredaderas de los géneros Araujia, Tassi y Cynanchum, comunes en los abras de monte de la región y Oxypetalum solanoides o “plumerillo negro”, esporádica entre herbajes de praderas. La especie africana Gomphocarpus fructicosus o “globitos” se adaptó al ambiente silvestre de las costas –posiblemente escapada del cultivo artesanal–; a esta planta ornamental también acuden las monarcas.
A lo largo de sus periodos reproductivos, los casales en cópula son habituales sobre las ramas, siendo el macho quien sostiene a su pareja, mientras aquella queda suspendida en el aire. Más tarde, las hembras dejarán sus huevos pegados en las hojas de alguna apocinácea, dispersos como si fueran diminutas grajeas brillantes.
Los huevos de cualquiera de las tres especies eclosionan aproximadamente en una semana si es primavera o a los 3 o 5 días si es verano, mientras que la eclosión de posturas realizadas durante el otoño puede demorarse un poco más; lo mismo ocurre con el crecimiento de las orugas. En general, estas últimas son muy vistosas y fáciles de identificar, dado que poseen un sello morfológico inconfundible; solo el color de sus bandas concéntricas y el número de apéndices que se proyectan dorsalmente, marcan las diferencias en cada especie.
El ciclo de la oruga se extiende por un periodo de alrededor de 15 días si es primavera o verano y alrededor de 30 si es entrado el otoño. Durante el invierno no hay huevos, ni orugas, ni crisálidas de monarcas, solo perduran las mariposas adultas. No obstante, debido a la introducción masiva de Asclepias curassavica en zonas urbanas, este ciclo se ha visto alterado, dado que muchas mariposas aprovechan, a pesar del frio, para poner sus huevos en esas plantas, aunque la mayor parte de las orugas resultantes se malogran debido a las heladas.
La crisálida se parece a una pepita colgante, desnuda y de una hermosa tonalidad verde brillante, con una orla dorada, plateada y negra dispuesta concéntricamente en la parte superior y un conjunto de puntos dorados en la parte inferior. Durante la primavera y el estío, la emergencia de la mariposa adulta suele ocurrir al cabo de una semana, mientras que en el otoño el período pupal puede extenderse por más de un mes.
Adaptaciones ecológicas
Muchas mariposas de nuestro medio se han adaptado al consumo de plantas tóxicas durante sus fases larvales. En este sentido, uno de los ejemplos más representativos es precisamente el de las Monarcas.
Las asclepias son plantas tóxicas que, aunque utilizadas en algunos casos en medicina casera son venenosas para muchos animales si las consumen –producen cardenólidos o glicósidos cardíacos–, pero las orugas de monarcas se han habituado a su consumo y las metabolizan, desarrollando en consecuencia defensas químicas específicas.
Al asimilar las toxinas vegetales, orugas, pupas e imagos se vuelven indigeribles y los predadores, principalmente las aves, las ignoran. Pero por si acaso la distracción de algún inexperto pichón fuese la causa de algún ataque, larvas e imagos han desarrollado coloración de advertencia o aposemática para indicar a los distraídos que son de sabores desagradables, además de venenosas en caso de que las ingieran.
Una curiosidad:
La denominación de “Monarca” fue adoptada por los holandeses que se habían instalado en territorios de América del Norte durante el siglo XVII. Cuando vieron esas mariposas por primera vez, les llamó la atención el color anaranjado que lucían, el mismo de la dinastía de Guillermo III de Orange (1650-1702), quien fuera príncipe de Orange, estatúder de las Provincias Unidas de los Países Bajos y rey de Inglaterra, Irlanda y Escocia.