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Desde la discapacidad y la asistencia social, una madre saluda a sus pares en su día

A ustedes, que tantas veces siguieron adelante aún sin saber de dónde sacar fuerzas. Que acompañaron, que sostuvieron, que se hicieron lugar unas a otras cuando el mundo parecía demasiado grande y las respuestas demasiado pequeñas.

18 Oct, 2026, 19:07 PM

Hoy quiero regalarles unas palabras. No para hablar de lo que falta, ni de las puertas que todavía tenemos que golpear, ni de las batallas que aún nos esperan. Hoy quiero que nos detengamos un ratito a mirarnos. A reconocernos. A abrazar también todo lo que hemos construido.

 

A ustedes, las que aprendieron a ser amigas en medio de la incertidumbre. Las que compartieron conmigo abrazos que no necesitaban explicaciones, lágrimas en pasillos de espera, cansancios que solo otra mamá podía entender y silencios en los que, aun sin decir nada, nos estábamos diciendo todo.

 

A ustedes, que tantas veces siguieron adelante aún sin saber de dónde sacar fuerzas. Que acompañaron, que sostuvieron, que se hicieron lugar unas a otras cuando el mundo parecía demasiado grande y las respuestas demasiado pequeñas.

 

Quiero que hoy podamos mirarnos y reconocer algo que quizás nos cuesta decir: lo estamos haciendo bien, compañeras. Lo estamos haciendo bien.

 

No porque nunca nos equivoquemos. No porque siempre sepamos qué hacer. No porque hayamos podido con todo. Lo estamos haciendo bien porque aprendimos a buscar, a preguntar, a reclamar, a acompañar y a volver a intentarlo. Porque no dejamos de mirar a nuestros hijos e hijas como personas con deseos, con derechos, con sueños y con un lugar propio en este mundo.

 

Y porque, en medio de nuestros propios cansancios, también supimos ser refugio para otra. A veces fuimos abrazo, otras veces fuimos escucha, otras tantas fuimos esa voz que le recordó a una compañera que no estaba sola.

 

Y eso también es construir. Eso también es luchar. Eso también transforma la vida.

 

Hoy podemos empezar a ver los frutos de tanto camino recorrido. Quizás no todos los que soñamos, quizás no tan rápido como merecíamos, pero hay cosas que cambiaron. Hay derechos que se hicieron escuchar, puertas que se abrieron, espacios que antes no existían y personas que hoy encuentran posibilidades que ayer parecían imposibles.

 

Y quiero que entendamos algo: esos frutos no aparecieron de la nada. Hay mucho de nosotras en ellos. De nuestra insistencia, de nuestras preguntas, de nuestras lágrimas, de nuestra organización y de ese amor que nunca confundimos con resignación.

 

Ustedes son faro, compañeras. No porque tengan que iluminarlo todo ni porque deban ser fuertes siempre. Son faro porque, aún en sus propios días oscuros, muchas veces encontraron la manera de acompañar a otra para que no perdiera el rumbo.

 

Y si alguna vez alguien no se los dijo, quiero decírselos yo: las veo. Veo lo que hacen, lo que sostienen, lo que aprendieron, lo que resignaron y también todo lo que sueñan. Veo a las mujeres que son, más allá de las tareas, de los diagnósticos, de los trámites y de las luchas cotidianas.

Las reconozco. Las admiro. Y me siento profundamente agradecida de compartir este camino con ustedes.

 

Ojalá nunca olvidemos que también merecemos descansar, disfrutar, reírnos hasta que nos duela la panza, hacer planes, cumplir nuestros propios sueños y permitir que otras nos sostengan cuando ya no podamos más.

 

Porque esta tribu no tiene que ser solamente el lugar donde venimos a juntar fuerzas para seguir luchando. También tiene que ser ese lugar donde podamos aflojar, llorar, celebrar y sentir que, por un rato, no tenemos que poder con todo.

 

Hoy quiero que nos vayamos con esta certeza: no caminamos en vano. La lucha va dando sus frutos. Nuestros hijos e hijas van abriendo caminos, y nosotras también estamos aprendiendo a ocupar nuestro lugar en el mundo sin pedir permiso para existir, para sentir y para soñar.

 

Y si alguna de ustedes hoy necesita escuchar estas palabras, que las reciba como un abrazo: lo estás haciendo bien. No estás sola. No tenés que poder con todo. Y todo lo que hiciste desde el amor, la dignidad y la convicción también cuenta.

 

Gracias por ser mi tribu. Gracias por los abrazos, por las lágrimas compartidas, por las risas en medio del caos y por enseñarme que, cuando nos encontramos de verdad, ninguna lucha vuelve a ser completamente solitaria.

 

Las quiero. Las reconozco. Y hoy, más que nunca, quiero que podamos celebrar no solamente lo que todavía nos falta conquistar, sino también todo lo que ya somos y todo lo que juntas hemos logrado.

 

Porque un día fuimos madres buscando respuestas en pasillos de espera. Y hoy somos mujeres que, además de seguir buscando, aprendimos a construir caminos, a abrir puertas y a encender faros para las que vienen detrás.

 

Y eso, compañeras, también es una victoria.

 

Gracias por caminar conmigo.

Nacha Bertoni

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