DIA DEL MAESTRO

11 de Septiembre de 2019

Berta Almeida la maestra de 99 años que fue docente en el Hospital y en el Frigorífico

Es una de las maestras más reconocidas en su paso por diferentes escuelas e instituciones de la ciudad. Berta Almeida de Sciannamea, afirmó en Radio Máxima,” que los alumnos que tuve siempre me devolvieron el cariño que yo les di de chicos”.

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Berta Almeida de Sciannamea y su orgullo de ser maestra

Berta Almeida de Sciannamea, es una maestra que tiene 99 años y que recuerda con orgullo su paso por la docencia.

A través de diferentes momentos dentro del docencia, uno de ellos fue cuando me incorporé al Hospital Centenario cumpliendo funciones dentro de la institución. Pero su paso por el frigorífico como maestra tiene un lugar muy especial dentro se su corazón:

“Cuando ingresé, ya estaba el profesor de Educación Física, que daba clases a empleados y obreros. Primero estuve en el escritorio, me retiraba una hora más tarde porque les tenía que dar clases a las obreras que salían del trabajo. Estaban las que querían aprender a leer y escribir y las que querían adelantar, así empecé. Eran muy responsables, me acuerdo de una chica que no faltó ni un solo día, no tenía mucha facilidad, pero era tan constante y tan buena que compraba la voluntad.

Después se creó la acción social para los hijos y parientes de los obreros, ya estábamos todo el día, porque los chicos que iban a los distintos turnos, mañana o tarde, a la escuela, hacían también los deberes. El gerente era un visionario. El trabajo que hacíamos era: cuando el chico iba se le daba el equipo completo, controlado con una ficha para cada uno, se izaba y arriaba la bandera, hacían las tareas escolares y actividad física como marchas, destrezas, gimnasia, juegos, voley, básquet, todo menos fútbol, nunca conseguimos que el profesor enseñara fútbol porque engendraba violencia y yo le decía que instintivamente el chico veía una pelota y le daba un puntapié. Ese era el profesor Gallemí. El gerente lo trajo de Buenos Aires por intermedio de Regina, un profesor que se lo recomendó. Después vino la hermana María Rosa y toda la familia, porque el padre también trabajaba los días sábados con un grupo de chicos que seleccionaba y les enseñaba jardinería.

Luego de gimnasia, los niños volvían a acción social, se duchaban con agua caliente, que muchos no tenían en sus casas, y se creaban hábitos higiénicos, además de aprender a tratarse con compañerismo a pesar de los distintos gustos y de las distintas edades.

Algunos no iban a la escuela y se los preparaba para entrar directamente a segundo grado. Los que terminaban los deberes primero, para no aburrirse mientras esperaban a los demás, jugaban al ludo, a las damas, al ping pong.

Las actividades eran de lunes a viernes. La calificación no era como en la escuela, con números, sino por puntajes tenidos en cuenta diariamente, mensualmente y durante el año; sumábamos los puntos a favor y los puntos en contra, según cómo andaban. Cuando un chico era un poco rebelde, en vez de castigarlo se lo puntuaba doblemente cuando hacía una cosa muy bien hecha y eso era un gran estímulo, resultaba más que un pequeño castigo. A los mejores calificados se les hacían flores de regalo a fin de año. Yo ahora los encuentro y me devuelven el cariño que uno les tuvo de chicos. Parece mentira que todavía tengan el recuerdo. Después de la arriada de bandera, salían cantando la marcha del deporte con el profesor, por supuesto.

Entre tantas anécdotas de su labor docente en el Frigorífico, Berta recordó una que representó para ella un gran desafío:

“En esa época empezó a trabajar en el Frigorífico un croata. El hombre había venido disparando de la guerra y había dejado a su señora embarazada.

Trabajó hasta formar un capitalito para ir a buscarla. Cuando vino su mujer con el chico, este tenía nueve años y no conocía al padre, tampoco sabía el castellano y entonces… ¿cómo nos entendíamos? Y bueno, tuve que empezar con el diccionario que me trajo. En un cuadernito pegaba figuras, él escribía en croata, lo pronunciaba y yo se lo escribía en castellano, empecé con la familia, con lo más cercano al chico. Era muy inteligente. Después empezó a ir a la Escuela Nº 8 y le enseñó a su mamá. Cuando vendieron los barcos se fue a trabajar a Buenos Aires, tuvieron una hija argentina. Nunca conocí a alguien más agradecido a la Argentina que ese hombre.

Para el Día de la Madre y para fin de año se hacían unas fiestas enormes. Era una época lindísima. Fue una linda experiencia”.

 


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