LA HISTORIA SIGUE VIGENTE

05 de Noviembre de 2018

Historia de Isabel Frutos: “La niña que murió de amor”

Nada parecía anunciar un final desdichado en la historia de esta joven mujer. La historia se sigue multiplicando respecto a lo que dejó la muerte de Isabel.

Redes Sociales
La azotea Lapalma, lugar del drama de Isabel

Por Natalia Derudi, museóloga

Francisco Lapalma, hijo del primer médico que tuvo la ciudad de Gualeguaychú, y Martina Carmona, su esposa, mandan a construir la casa alrededor de 1830. Esta se convierte en símbolo del poder económico que en pocos años alcanzó la familia.

 

Los negocias marcaban un camino de prosperidad para ellos y sus hijos… Pedro estudiaba en el Colegio del Uruguay, junto a Justito de Urquiza (Justo María del Carmen / Hijo del General) y Olegario Víctor Andrade, que para entonces ya había sido adoptado por la familia (junto a sus hermanos Úrsula y Wenceslao). Huéspedes Ilustres visitaban el solar. Los Lapalma – Carmona participaron activamente de  la vida social de la época.

 

No fue posible entonces, ni siquiera imaginar, que una niña como Isabel Frutos (sobrina del matrimonio), hija de Don Benito Frutos y Petrona Carmona (hermana de Martina) llevara adelante una relación con un joven de clase social distinta a la de ellos… un joven jornalero de los campos de su padre. Una historia breve, pero que llegó hasta nosotros por su trágico desenlace. La joven es llevada a vivir a la Azotea, separada de sus hermanas y de su amor. Una familia entera que no puede, que no quiere ver, lo que ve Isabel, que no percibe la desesperación y la angustia, ni se imagina la decisión irreversible, que con 19 años de edad tomaría… Isabel se niega a comer y a beber. Los diarios de la época dicen: “murió tísica… murió de amor”… 26 de febrero de 1856. Olegario le escribe un poema

 

El joven formó familia en Corrientes y llegó a ser un hombre muy destacado. Enterado del infortunio, se dice que, toda su vida, le escribió cartas a la madre de Isabel.

 

 

Rosa Frutos, una de las hermanas de Isabel, se casa con Pedro Lapalma (hijo de Francisco), su primo hermano. Ellos son la segunda generación que habita la casa.

 

Uno de sus  hijos, Jesús María Lapalma, se casa con Justina Carmona, su sobrina. Algunas de sus pertenencias aún hoy se conservan en el Museo (fotografías, la enagua del vestido de novia…). Son sus hijos los últimos que habitan la casa y son sus historias de vida las que aún hoy se recuerdan:

 

Pedro Sabá, un hombre muy culto, fue quien donó los retratos de su familia, pintados por Amadeo Gras, al Instituto Magnasco, junto a otros objetos de valor, entendiendo que la Azotea ya no era un lugar seguro.

 

Los cambios económicos y el quiebre de los negocios marcan un  rumbo muy distinto al de generaciones anteriores. Dos de sus hermanas viven en la casa y son su gran preocupación, sobre todo María, que nació muy enferma y ya lleva muchos años de sufrimiento. Una carta que se conserva en el Archivo del Museo ilustra muy bien sus dolencias.

 

Rosa, fue quien cuidó a María. La acompañó en su insomnio y en su encierro. Fue su destino, o se lo asignaron… Ya no hay retratos de familia, ni fotografías. Solo podemos imaginarnos los días y las noches de estas dos mujeres. En este contexto Pedro decide poner fin a sus días, suicidándose de un disparo en la cabeza.

 

La ciudad ya se había acercado al solar, que estaba prácticamente en ruinas. La vegetación se había apoderado de todo el entorno y muchos visitantes ocasionales eran sorprendidos  por la casa que aparecía repentinamente entre la maleza. Los chicos se aventuraban a robar frutos de las centenarias quintas. Nadie se imaginaba y muy pocos sabían  que Rosa (ya sin María… sola) aún vivía en la planta alta. Había decidido enclaustrarse, o la casa la había “capturado” con su escalera derruida. Ya no bajaba, salvo en contadas excepciones, cuando algún sobrino venía a visitarla. Los que la conocieron, cuando hablan de ella la llaman  “Rosita” y todos coinciden en su dulzura. Los que no sabían de su existencia, se encontraban con una mujer de cabellos muy largos; una anciana que se iluminaba con velas…

 

Cuenta un viejo empleado del correo que ella recibía mucha correspondencia. Recuerda como las largas uñas de sus manos le impedían tomar la lapicera para firmar el remito, y las uñas de sus pies rompían sus alpargatas.

 

La historia de Isabel, siempre presente, sin dudas se cruza con la de Rosa. Ya la gente no sabía (o dudaba) si la imagen del balcón  era Rosa, sobrellevando la pesadez de los días, o Isabel, que todavía lloraba a su amor.

 

Pero la imagen es siempre la misma: una mujer vestida de blanco, tules o harapos da lo mismo, porque la tristeza es la misma, y la soledad, y el abandono.-

 

 

 

 

 


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