PERIODISMO

16 de Abril de 2017

Anticipo de El Clan, el nuevo libro de Daniel Enz

Sale a la calle, en Entre Ríos, el nuevo libro de Daniel Enz. Se trata de El clan (La familia que se apropió del Estado. Negocios, corrupción y falsedad ideológica).

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Anticipo de El Clan, el nuevo libro de Daniel Enz

 

Allí se da cuenta de la historia política del ex gobernador Sergio Urribarri, la incidencia de su grupo familiar y de sus principales colaboradores en las últimas administraciones de gobierno.

Con Prólogo del reconocido periodista Nicolás Wiñazki, el trabajo de investigación consta de 445 páginas, en 18 capítulos.

Por gentileza de Enz, publicamos parte de los capítulos 2 y 9 del libro número 12 del director la revista Análisis.

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Esa mañana de mayo Jorge Busti le dijo a su chofer que preparara el auto oficial de la Gobernación para retornar a Concordia y estar en su casa el fin de semana, como casi siempre sucedía. Era principios del ’90 y Carlos Menem cumplía los primeros meses de mandato inicial. El Chino Busti -como lo conocía buena parte del arco político de la década del ’70 y en especial aquellos con militancia universitaria en Córdoba- estaba definiendo las precandidaturas de las internas del PJ previstas para el mes de diciembre y llevaba no pocos papeles con innumerables tachones y cruces, en un mapa provincial.

--¿Voy directo a Concordia? -le preguntó su fiel chofer, Héctor Ducasse, con quien tenía una relación de varios años y era alguien de suma confianza.

Busti ni respondió. Solamente hizo el movimiento afirmativo con la cabeza, sin dejar de levantar la vista de los papeles.

El Negro Ducasse esperó algunos minutos, se acomodó los anteojos y volvió a interrumpir.

--Jorge, te estás olvidando de algo. Por eso pregunto.

--¿Olvidando de qué?

--De que estábamos invitados a cenar en la casa de este muchacho de General Campos, que está al frente de la comuna.

--Uhh, es verdad. Paremos en algún lado y avisale que pasamos por allí, pero no a cenar, porque no quiero llegar tarde a mi casa.

Ducasse detuvo el auto en proximidades de Villaguay, tomó el inmenso teléfono celular de Movicom que se había instalado en el vehículo semanas antes y acordó el encuentro. Busti había bajado al baño y cuando regresó se encontró con la novedad.

--Jorge, dice Urribarri que ya empieza a preparar unos pollitos a la parrilla que tenía previsto. Que comen temprano. Que a las 19 ya está lista la cena, pero que lo dejes agasajarte, porque dice te vas a “rechupar los dedos”. Quiere sumar puntos el muchacho…

Busti puteó unos segundos, pero se dio cuenta que no le quedaba otra. “Cristina me va a matar”, alcanzó a decir, en referencia su esposa.

Llegaron cerca de las 18.45 a la humilde casa del Instituto de la Vivienda, en el barrio social encarado por el IAPV en la pequeña localidad de General Campos. Urribarri lo esperaba en la puerta con su mujer Ana Lía Aguilera y los cuatro chicos: Sergio Damián, Mauro, Bruno y Franquito, que aún no había cumplido un año de vida. Los dos primeros lo miraron sorprendido a Busti, que apenas tenía 40 años, pero no dijeron nada. “Salúdenlo al gobernador de Entre Ríos; no sean desatentos”, les dijo la mujer de Urribarri a los pequeños, pero estos siguieron en la misma y jugaron un rato más a la pelota en la puerta de la casita. El último en llegar fue un gurrumín, descalzo y con ropa casi destruída.

--¿Y él quién es? -preguntó Busti.

--Es el mi hermanito más chico, doctor. Es el Juampi -contestó Ana Lía.

Juan Pablo Aguilera apenas tenía 12 años, pero ya tenía la imagen del pibe pícaro, con cara de poco estudio y demasiado callejero. Busti le acarició la cabeza de pelo chuzo y despeinado, y continuó por la casa.

--Venga a ver gobernador los pollitos que le estoy haciendo -dijo Sergio Daniel Urribarri y lo llevó hasta el patio.

Busti se sorprendió cuando observó la parrillita puesta sobre la tierra en un rincón del patio, con unos pocos ladrillos. “Ahh, ya prácticamente están listos”, comentó rápidamente.

--Sí, tal como le dije. La cocina es mi fuerte y más aún la parrilla.

Busti no estuvo más de 50 minutos con la familia Urribarri. Saludó a cada uno y le pidió al anfitrión que lo acompañara hasta el auto. “He decidido que vas a ser el precandidato a diputado provincial por el departamento Concordia, así que empezá a prepararte. No se pueden cometer errores”, le dijo el gobernador.

“Me emociona doctor. No me esperaba semejante halago”, le dijo, mientras se secaba algunas lágrimas y le hacía un gesto de complicidad a su mujer, que lo observaba atentamente desde la puerta de chapa de la casa. Urribarri le dio un fuerte abrazo a Busti y lo despidió con un “hasta los próximos días”. Al poco tiempo pasó Ducasse por la casa y le dejó un paquete. “Esto para el Juampi”, dijo el chofer. Eran un par de remeras y pantalones de jean que la noche anterior Busti le había hurtado a uno de sus hijos en Concordia.

 

*****

 

Sergio Urribarri había nacido a escasos kilómetros de General Campos; precisamente en Arroyo Barú, un poblado de no más de 500 habitantes, el 7 de octubre de 1958. Hijo de Miriam Teresita Luchessi, una maestra de escuela rural y de Jorge Enrique Urribarri, jefe de una pequeña estación ferroviaria, estuvo hasta los 18 años en esa pequeña comunidad, hasta que su padre fue trasladado a General Campos, a no más de 60 kilómetros de Concordia y muy próximo a la ciudad de San Salvador.

Sergio Daniel es el segundo de tres hermanos. El primero, Guillermo, es médico. Armando, que era veterinario, falleció en el 2016 tras combatir largamente contra el cáncer. Junto con sus humildes padres, los tres vivieron de chicos en la estación de trenes de General Campos; mucho tiempo después se trasladaron a una casa ubicada más “en el centro” del poblado. Don Jorge Enrique había sido candidato a presidente comunal por el peronismo, pero no le fue muy bien en las elecciones. No obstante, Sergio Daniel no abrazó de entrada su amor por el general Juan Perón, porque en principio simpatizó más por el radicalismo, en especial por el furor que habían generado las ideas de Raúl Alfonsín y así se lo hacía saber a algunos de los amigos del pueblo. Fue en ese momento en que conoció al entonces jefe de la bancada radical de diputados nacionales, el victoriense César Jaroslavsky, quien les había prometido una ambulancia para el pueblo. Uno de sus mejores amigos lo quiso sumar a la Juventud Radical, pero Urribarri marcó distancia, más allá de su buena relación. “Si hacemos un partido vecinal, nuevo, te acompaño”, le dijo.

Entró a trabajar a la sucursal del Banco Mesopotámico a principios de los ’80 y al poco tiempo se puso de novio con Ana Lía Aguilera, también proveniente de una familia muy humilde. No pocos recuerdan una foto de ambos en los carnavales de 1982, arriba de una carroza, donde, al parecer, la muchacha, que lucía una malla turquesa, ya esperaba al primer hijo. El embarazo le trajo algunos problemas familiares a Urribarri; el padre de la joven -que tenía entre 17 y 18 años- trató de propinarle una paliza, corriéndolo con un cuchillo y tuvo que intervenir el policía Rubén Espinosa para que el cruce no pasara a mayores. El sargento dejó escondido en su casa particular a Urribarri, hasta tanto se le pasara la furia a su suegro. Esa fuerte ligazón con los Aguilera hizo también que en las elecciones del ’83, Urribarri tuviera que colaborar con la campaña de su tío político, César Aguilera -hermano del padre de Ana Lía-, que fue candidato a intendente por la UCR en el pueblo.

Los Aguilera eran muy allegados a la Iglesia y la situación del embarazo de Ana Lía había generado una fuerte conmoción familiar. Esto motivó que la joven pareja se marchara de la casa familiar y fueran a vivir a una vivienda social -que terminó destruida en el pueblo con el correr de los años-, que la comuna había construido en la década del ‘70.

Intentó avanzar con la carrera de Ciencias Económicas en Concordia, pero el crecimiento familiar lo complicó. Uno de sus amigos del lugar le hacía incluso las monografías en su máquina de escribir, en los horarios de la siesta o la tarde. Varios días a la semana hasta iba al banco a trabajar junto a él.

La madre de Ana Lía -doña Paula Medina- también era maestra y el padre, Nepomuceno Aguilar, atendía una librería muy chiquita de General Campos. Es la única mujer de tres hermanos; uno de ellos cura, Aníbal Aguilera, quien ingresó al Seminario de Paraná, después de varios noviazgos conocidos en el poblado y una adicción: las motos importadas. Con esto último se sigue moviendo y no lo ha podido superar. En medio de los pobres o los necesitados, el cura Aguilera no tiene problemas en andar sobre su moto de alta cilindrada. Y si debe defender a su cuñado Sergio Daniel, no duda en utilizar el púlpito o algún que otro micrófono. Lo más saliente fue en el conflicto del campo, cuando salió en contra del reclamo de los productores de Chajarí, cuando se encontraba en la Parroquia Santa Rosa de Lima de dicha localidad. «Se escuchan muchas agresiones, muchas acusaciones, que es repetir el `crucifíquenlo´ que le gritaban a Jesús; hay que dialogar, pero con respeto, no hay que creerse con el derecho de avasallar al otro», indicaba con énfasis.  El otro, el menor, siempre fue el apañado de Ana Lía: Juan Pablo Aguilera, a quien nunca se le conoció trabajo alguno, hasta que su cuñado llegó al poder en Entre Ríos.

La primera actividad política de Urribarri fue precisamente en General Campos. Tenía 20 años -o sea en 1978, plena dictadura y año del Mundial de fútbol en la Argentina- cuando un amigo lo convocó para que trabaje ad honorem en la Comisión de Cultura de la comuna. “Ayudó dos o tres veces con unos carteles para la Navidad, pero no más que eso”, recordó ese allegado. Mientras tanto, no dejó de trabajar como bancario. De igual manera, los integrantes de esa comisión le juntaban algo de dinero para darle, porque el sueldo del banco no le alcanzaba para mantener tantas bocas.

Fue entre 1982 y 1985 aproximadamente, que Urribarri sumó otra actividad laboral, los fines de semana y junto a su mujer. Su entrañable amigo José Luis Galván puso un boliche bailable en San Salvador, que se llamaba Nipur y ellos eran los que estaban en la caja o en el guardarropa. El boliche terminó cerrando casi diez años después, cuando unos pibes concordienses le prendieron fuego al techo de paja del lugar, en revancha porque una semana antes no los habían dejado ingresar por ser menores. Desapareció en diez minutos por el accionar del fuego.

Algo le cambió la vida a Urribarri cuando se presentó como candidato a intendente de General Campos, en 1987, junto con la lista que postulaba a Jorge Busti para gobernador. No obstante, nadie lo recuerda como un “buen administrador”. Al contrario, todos hablan del “desastre” que hizo en la comuna, consecuencia quizás de su inexperiencia. Los hermanos Quintana fueron los que lo llevaron como candidato del pueblo; lo consideraban “un buen muchacho” y “trabajador”, en su rol de cajero del banco. Le ganaron las elecciones al referente del Molipo (Movimiento de Línea Popular), que lideraba el ex embajador de Jorge Videla en España y ex gobernador entrerriano, el paranaense Jorge Washington Ferreyra. La noche anterior le pincharon todas las gomas con clavos miguelitos a todos los allegados al partido de derecha y por ende casi los dejaron sin movilidad. Fue por orden de Urribarri que, en la jornada anterior al comicio, también se buscaron a todos los ciudadanos humildes del pueblo, a los borrachines, discapacitados o gente de la tercera edad, para encerrarlos en un galpón y darle asado y buen vino. Era la forma de asegurar el voto a primera hora de ese domingo electoral. El único que se escapó fue un tal Domingo del Fío, de la Colonia El Caracol, que era un personaje muy querido. Esa noche fue hasta las vías del tren y se arrojó al paso de la maquinaria. Camote quedó desconsolado. Cuando Urribarri lo vio, fue y le preguntó qué había pasado que estaba así.

--Es una gran pena todo esto que sucedió con Domingo. Qué le vamos a decir a la familia, Pato. Decime por favor.

--No te preocupes; es un borracho menos para el pueblo.

La respuesta de Urribarri le cayó muy mal al militante. Solamente lo miró; puteó entre dientes y se mandó a mudar. No daba para más.

Al día siguiente de ese 6 de septiembre de 1987 en que el peronismo recuperó la victoria en Entre Ríos y en buena parte del país, Urribarri decidió temprano viajar hasta Concordia para encontrarse con el intendente y gobernador electo, Jorge Busti.

Antes de salir pasó por la casa del militante José María Camote Bogado, quien había sido clave en la campaña. “Camote, en un rato me voy a verlo a Papá (en referencia a Busti). ¿Vos me acompañás, así le pedimos algunas cositas para nosotros?”, preguntó Urribarri. Bogado le dijo sin medias tintas que no tenía nada que pedir. “Tengo laburo y con eso me alcanza. Hay mucha gente que precisa trabajo; no es mi caso, Pato. Saludos nomás”, le dijo.

Bogado era un reconocido dirigente barrial en Campos. Querido y respetado. Esposo de C.L., enfermera del pueblo, con quien tuvo dos hijas. Dos años más tarde, Bogado estaba separado de hecho con su mujer, pero seguían conviviendo. Y se enteró de las “buenas relaciones” que tenía su ex con Urribarri. No lo soportó, porque no pocos se lo decían en Campos, pero eran más los que se lo ocultaban, aunque el comentario era vox pópuli.

Una siesta estaba en la plaza, frente a la comuna, junto a una de sus hijas -que por esos días tenía no más de 7 años- y a su amigo Marito Gómez, cuando observó que llegaba Urribarri en un auto amarillo. Estaba cerrado el edificio municipal pero Urribarri, llave en mano, ingresó a las oficinas. Bogado solamente quería hablar con el intendente y pedirle algunas explicaciones. Camote ingresó por la parte de atrás; por la cocina.

Urribarri se alteró cuando lo vio y automáticamente abrió los brazos para saludarlo efusivamente. “Ey Negro, ¿cómo andas vos?”, le preguntó, como si no pasara nada. Bogado no se calló nada. Le cuestionó severamente la actitud con la madre de sus hijas; le recordó que ellos eran “amigos y compañeros” de hacía mucho tiempo; que siempre había estado con él y que hasta le bancó con algunos pesos de su pequeño negocio la campaña proselitista.

Urribarri no estaba solo, sino con otras tres personas. Entre ellos, Emiliano Giacopuzzi, quien casi tres décadas después aparecería como testaferro de Juan Pablo Aguilera en sus negocios turbios con el Estado. Camote se molestó con la falta de respuestas del intendente y emprendió a golpes. Urribarri terminó en el suelo, totalmente acurrucado en un rincón. Solamente decía “no me pegues Negro; no me pegues”. La última trompada dio de lleno en el pómulo derecho de Urribarri. Bogado nunca olvidó cómo ese golpe provocó la fractura de dos de sus dedos y una herida cortante en la cara del presidente comunal, que terminó con mucha sangre.

Urribarri salió corriendo y se chocó con un escritorio, porque era una oficina chica, que servía para reuniones. Cuando se incorporó, Camote estuvo a punto de golpearlo nuevamente, pero fue interceptado por los otros tres asistentes, que hasta ese momento no habían movido un dedo. Zafó apenas pudo, tiró unas piñas a los empleados y siguió tras el intendente.

Urribarri se había escondido en un baño chiquito y trabó con llave. Bogado, que estaba en ojotas, igualmente comenzó a patear la puerta descalzo hasta romperla. El Pato estaba casi prendido al techo y no lo pudo sacar. Camote tampoco insistió. Por segundos se acordó de sus hijas mujeres, de su trabajo y de que ya no era necesario seguir con tanta violencia. Optó por irse. Urribarri fue trasladado a Arroyo Barú para ser atendido por su hermano médico y no apareció durante una semana por la Municipalidad.

El intendente nunca denunció el episodio. La Policía del pueblo sabía perfectamente lo que había ocurrido pero optaron por mirar para otro lado.

 

*****

 

“Tenemos que comprar El Diario. Eso nos está faltando”. El objetivo era claro en el grupo de poder. Pedro Báez, Rosario Ignacio Labarba y Sergio Fabián Gómez entendían que allí estaba la clave. Tenían controlado LT14, Canal 9, el diario Uno y disponían de buenos acuerdos con Canal 11, en una relación fluctuante y algo sanguínea con Báez, además de la mayoría de los medios de la provincia. En algunos casos, aunque parezca absurdo, las tapas de los periódicos se terminaban de aprobar en las oficinas de Información Pública, a última hora de la noche y volvían a la Redacción con el visado correspondiente. “Esto sí, esto no”, decía el propio Báez o bien alguno de sus colaboradores directos. Y era palabra santa. Algo parecido sucedía con los noticieros de los canales y en especial en Canal 9 de Paraná, en función de los negocios con el juego en la provincia del empresario Jorge Pérez.

Más fácil la tenían con los sitios webs: cuando aparecía una noticia que no era del gusto del responsable de la DGIP o del gobernador, Báez llamaba directamente y daba escasos segundos para que esa noticia desapareciera de la portada. Y así sucedía. El que resistía, sabía que iba a perder las pautas oficiales. No había margen para la explicación o la discusión. Y el cronista que escribió esa nota podía pasar automáticamente a cuarteles de invierno en esa web o se le iba a levantar un programa de radio o de tv, como castigo por molestar al poder urribarrista. A veces ni era necesario que Baez lo pidiera. Siempre hubo más papistas que el Papa en determinados medios y el castigo llegaba de modo automático. Sin medias tintas.

(…) El conflicto con el campo había puesto al viejo matutino al servicio de los intereses ruralistas. “Urribarri anda loco con todo este tema y no se banca más las tapas de los Etchevehere”, repetía el número uno de Información Pública. Encima, no desconocían que la situación financiera del periódico era preocupante, aunque sabían también que los socios disponían de cifras millonarias en el exterior, que no estaban dispuestas a tocar por nada del mundo. Era el ahorro familiar.

Hacía un buen tiempo que los Etchevehere querían vender la totalidad accionaria o la mayoría. Más aún después de la muerte del ex director Luis Félix Etchevehere, en septiembre de 2009, que era quien más resistía a la venta y garantizaba cierta libertad editorial que no sucedía con sus hermanos Arturo Roosevelt o Ivar Raucho Etchevehere. En realidad, a estos últimos nunca le importó demasiado el diario. El primero lo usó, en todo caso, para sus intereses políticos o empresariales. El segundo, un personaje más ligado a la cuestión intelectual y siempre alejado de los negocios, directamente fue ignorado y ninguneado por sus hermanos, por lo cual optó por irse a vivir al Uruguay a fines de los ’80. El periodista Jorge Riani lo definió muy bien en un reportaje que le hizo para la revista Análisis en el 2014 y que generó una notable repercusión: “Lector, rebelde, playboy, contestario, bohemio, Raucho demostró una temprana aversión por los eventos de la alta sociedad, por las fotos en los medios de propiedad familiar y por los títulos superlativos que anteceden los nombres propios, como el doctor. Vivió la tragedia de cerca, con la temprana muerte de su primogénito y con el suicidio de otro hijo adolescente”.

El selecto grupo comunicacional le llevó la idea a Urribarri y le gustó. Comprando la mayoría accionaria se garantizaban buena parte del control de la información, puesto que, como suele suceder, los medios más pequeños van detrás de la información que publica la prensa escrita.

--¿Y a quién buscamos para esto? -preguntó Urribarri.

--Pensamos en Walter Grenón o en Miguel Marizza. Los dos están identificados con nuestro proyecto y seguramente no tendrán problemas.

--Me gusta más Grenón. ¿Pero ustedes están convencidos de que existe esa posibilidad de venta? -insistió Urribarri.

--Absolutamente. Tenemos que bajar la bandera y avanzamos a pasos agigantados.

Tres meses les llevó la negociación con los dueños: Arturo R. e Ivar Etchevehere decidieron vender sus acciones y solamente permanecía en el negocio la tercera socia, Leonor Barbero Marcial, viuda de Luis Félix Etchevehere. “Hacía un buen tiempo que Arturito y Raucho querían vender sus acciones; mucho antes de que falleciera Zahorí (como lo apodaban a Luis F.). Si no lo hicieron fue porque nunca hubo una propuesta concreta y porque Zahorí se negaba rotundamente. Siempre se respetó mucho su figura, su historia y eso también incidió, porque desde el ’82 Zahorí se puso El Diario al hombro y los hermanos prácticamente no tenían injerencia en las decisiones”, indicó un hombre de años de antigüedad en el matutino de calle Urquiza. Incluso, fue quien ubicó en la estructura a dos de sus hijos, Sebastián y Juan Diego Etchevehere, aunque ninguno mostró la proyección que alguna vez tuvo su padre Luis cuando don Arturo J. Etchevehere -el viejo caudillo de la familia- lo incorporó al diario. El hijo mayor de la familia, Luis Miguel, se dedicó al campo a poco de recibido de abogado -profesión que nunca ejerció- y por esos días lideraba la Sociedad Rural de Entre Ríos. El segundo, Sebastián, terminó su carrera de abogado en Buenos Aires y llegó por decreto familiar y no por mérito propio a secretario de Redacción, después de pasar sin pena ni gloria como fugaz corresponsal del diario La Nación en Entre Ríos. Tampoco se desempeñó como letrado. El hermano menor, Juan Diego, se ubicó al frente de la Distribución del periódico. La única mujer, Dolores, es también ingeniera agrónoma, vive en Buenos Aires y colaboraba en La Nación en temas agropecuarios. Sebastián, por gestión de su padre, logró un cargo menor en la estructura de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) y otro en una subsidiaria de dicha entidad, como la Asociación de Editores Digitales de Argentina (AEDiA). La corporación empresaria tuvo por varios períodos a Luis Félix Etchevehere como su presidente y hasta con cargos en la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Nunca ejerció como periodista, pero era un moderado editorialista de su medio y un buen operador empresarial en su ámbito, por lo cual logró posiciones de poder en las organizaciones periodísticas.

(…) Gómez y Labarba quedaron al frente de la tarea de buscar un director dócil al gobierno. Los dos asesores de Urribarri acudieron entonces a la consultora estrella de los Kirchner, Doris Capurro. En un encuentro mantenido en Buenos Aires, Capurro les sugirió el nombre de Alberto Elizalde Leal, que en ese momento era uno de los redactores del semanario kirchnerista Miradas al Sur, que dirigía su amigo Eduardo Anguita. Elizalde Leal había sido un hombre clave en la creación de Página 12. Llegó a la dirección de El Diario con la experiencia periodística que asumió, principalmente, después de haber sido un preso político durante toda la dictadura cívico militar.

Elizalde Leal tejió una buena relación con los redactores históricos y eso, y más que nada su “falta de colaboración” con la causa del gobierno, molestó profundamente a Báez, quien no tardó en torpedear al nuevo director.

Báez comenzó a apretar con la publicidad oficial y más tarde con la posibilidad de cortarle a Grenón el beneficio de los códigos de descuento si no sacaba a Elizalde Leal de la dirección. El gobierno de Sergio Urribarri iba por más. Quería el manejo absoluto del casi centenario diario. Báez pidió que a Grenón que retire de sus cargos a todos los antiguos jefes y personas con decisión, y en su lugar puso a militantes peronistas o periodistas dóciles.

Pero las cosas no salieron como Báez pretendía. Elizalde Leal enseguida entabló buena relación con los periodistas de la Redacción, insufló ganas de trabajar en un equipo que venía apenas cumpliendo e intentó hacer periodismo, secundado por Jorge Riani y Gustavo Werner, de mala relación con el funcionario urribarrista. En un principio, Elizalde viajaba todas las semanas y estaba de lunes a viernes en El Diario, lo que lo obligaba a manejar a distancia las ediciones de los fines de semana. Si bien cada tanto comentaba que tenía previsto dejar su hogar en la zona de Cardales, en las afueras de Buenos Aires, para radicarse en Paraná, el traslado se fue dilatando a medida que empezaron a crecer los constantes cortocircuitos con Báez.

Elizalde intentaba equilibrar las necesidades que planteaba continuamente el principal anunciante de la empresa con su determinación de hacer un buen producto, pero las operaciones, los caprichos y la irascibilidad de Báez, fueron dañando el vínculo.

El periodista porteño condujo un cambio rotundo de la línea editorial y torció con inteligencia el rumbo de un medio conservador, que pasó a ser no estrictamente kirchnerista, pero sí progresista, y también inició el proceso del cambio de diseño que llevaría, ya sin él en la Redacción, a abandonar el tradicional formato sábana por el moderno tabloide.

La salida de Elizalde Leal se originó en su enojo por una fallida operación de prensa diseñada por Báez, que salió mal y dejó expuesto al veterano periodista. Una noche, al cierre, le envió el funcionario una información que parecía tener valor: una foto de un camión con supuestos empleados municipales que pegaban afiches de campaña, en calle España en Paraná. Era en la intendencia de José Carlos Halle, en plena pelea con el urribarrismo. A la foto la había sacado un familiar directo de Báez desde el bar Stone y se la enviaron al director de El Diario a sabiendas de que no era un camión municipal, sino un camión blanco cualquiera. Elizalde la puso en tapa y provocó la obvia reacción de Halle al día siguiente.

Las constantes presiones por parte de Báez para direccionar información o publicar determinadas notas en ciertos espacios, silenciar voces, incluso provenientes del propio peronismo, y reclamar caprichos varios con un estilo agresivo, que hasta aún permanece registrado en mensajes de texto que conservan quienes estaban al frente de la Redacción por entonces, terminó de decidir a Elizalde Leal a presentar la renuncia y a irse de Paraná en malos términos.

 

 

**Del Prólogo  (recuadro)

 

“Urribarri es millonario. Multimillonario. Solemos naturalizar esas cosas. Urribarri, aquel diputado provincial acusado de quedarse con los subsidios que debían ir a quienes los necesitaban, a quienes no tenían recursos, es millonario.

Una vez más: Urribarri es millonario.

En Periodismo Para Todos (PPT), el programa de Jorge Lanata en Canal 13 de Buenos Aires, se mostró alguna vez qué mansión se construía Urribarri, el jefe de El Clan, sobre el lago Salto Grande. Es parecida a las que usan para vivir o veranear los millonarios en Miami. ¿Cómo es que naturalizamos el crecimiento de estas fortunas repentinas de hombres que dedicaron su vida a la función pública?

Urribarri es afiliado al Partido Justicialista. Enz narra en El Clan las artes acrobáticas de este caudillo del neo-PJ: fue menemista, militó para Rodríguez Saá en la campaña del 2003 y luego, por supuesto, fue un kirchnerista de la primera hora, hasta casi volverse en el 2015 precandidato presidencial del Frente para la Victoria. Había sido un fiel militante, junto a Néstor y Cristina Kirchner, en los meses de la “guerra contra el campo”. Justo él, Urribarri, que tenía grandes negocios en el agro. Los ocultó. Como también los ocultaban otros gobernadores que aplaudían a la Presidenta cuando en los actos militantes hablaba mal, muy mal, de hombres de negocios de la soja” (Parte del Prólogo del libro El Clan, a cargo de Nicolás Wiñazky).

 

 

Los capítulos     (recuadro)

 

-Capítulo I: Sueños de poder

-Capítulo II: El intendente que se fugó

-Capítulo III: El intrascendente

-Capítulo IV: El buen alumno

-Capítulo V: La caja de las sorpresas

-Capítulo VI: Amigos y socios

-Capítulo VII: La transición

-Capítulo VIII: Desembarco y conflicto

-Capítulo IX: La obsesión

-Capítulo X: Derrota, campo y negocios

-Capítulo XI: De traiciones y ascensos

-Capítulo XII: Los manejos de las “cajas”

-Capítulo XIII: La buena vida

-Capítulo XIV: Gestos y beneficios

-Capítulo XV: Promesas, turismo y sedición

-Capítulo XVI: El Sueño y el fantasma narco

-Capítulo XVII: Cumbre, amigos y aportantes

-Epílogo


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